Delors contra Thatcher
extracto de «El Confidencial»
El “discurso de Brujas” cambió el proyecto europeo para siempre.
Su “discurso de Brujas”, 1988, en el que la primera ministra rechazaba la idea de una Europa social y ponía sobre la mesa la idea de que luchaba contra un “macroestado europeo”, sin mencionar la palabra “socialista” pero dejándolo entrever, puso al partido conservador en ruta hacia el Brexit, arrastrando con él a todo el Reino Unido.
Margaret Thatcher, primera ministra británica. (EFE)
El problema de Thatcher y del Reino Unido es que eran los líderes a la hora de presionar para que se creara un verdadero mercado único sin barreras internas que favorecería su visión del mercado, pero al mismo tiempo se oponía frontalmente a cualquier reforzamiento del marco político común. Para Delors eran dos caras de la misma moneda y en su visión para sacar a Europa de la “euroesclerosis” el mercado interior era únicamente la primera pieza, y veía el progreso de Europa como un auténtico “efecto dominó”.
Delors podía ser un moderado dentro del socialismo francés, una “segunda izquierda” proveniente del catolicismo, pero seguía siendo un socialista, por mucho que hubiera llegado tarde al partido. Y la creación del mercado interior no era algo que podía alimentar lo que el propio Delors había identificado en una carta en los años setenta como “la raíz del mal: el individualismo”. El francés, enraizado en la tradición personalista representada por Emmanuel Mounier en la Francia de los años treinta, consideraba que el capitalismo alimentaba ese individualismo que creaba una “sociedad de exclusión”.
Jacques Delors, presidente de la Comisión, junto con la primera ministra británica, Margaret Thatcher. (Comisión Europea)
La apertura del mercado interior regaba esa misma “raíz del mal” que preocupaba a Delors, por lo que el presidente de la Comisión Europea empezó a apuntalar una estrategia con la que contrarrestar los desequilibrios que su apuesta había generado. Así fue como empezó a hablar de la “Europa social”.
En julio de 1988 un Delors reelegido y lanzado hacia el diseño de la moneda común, en un discurso ante el Parlamento Europeo, reflejaba la fase final de aquella visión del “efecto contagio” que había activado el mercado interior: “De aquí a diez años el 80% de nuestra legislación económica, y quizás incluso fiscal y social también, será de origen comunitario”. La bestia de Thatcher era la idea de un “superestado europeo”, todavía más si incluía el apellido “socialista”. Delors claramente tenía la idea de que cada vez se tomaran más decisiones a nivel supranacional, dando más poderes al Parlamento Europeo y reduciendo la capacidad de veto de los Estados miembros, como demostraba el Acta Única, pero ahora encima amenazaba con esa visión social de Europa. El discurso de julio no pasó desapercibido en el número 10 de Downing Street.
Pero la siguiente fecha clave en esa construcción de la idea de una “Europa social” llegaría muy pocos días antes del famosísimo “Discurso de Brujas”. El 8 de septiembre, en Bournemouth (Reino Unido), en territorio de Thatcher, Delors dio un discurso ante el Congreso de los Sindicatos británicos, donde había sectores que veían en Bruselas la única posibilidad de superar al thatcherismo que los había arrinconado en el Reino Unido.
Allí Delors, en un discurso titulado “1992: la dimensión social”, habló de una “revolución pacífica”. “Sería inaceptable que Europa se convirtiera en una fuente de regresión social”, explicó el francés mientras dibujaba el boceto de esa idea de la Europa social que todavía domina la visión de la Unión por parte de la izquierda. Lo que antes era un socialista moderado y centrista ahora era para Thatcher un socialista francés más, con una peligrosa visión de un macroestado europeo.
Thatcher había dado una entrevista a la BBC en la que calificaba las iniciativas del político francés como “ideas de hadas”.
El rector del Colegio de Europa, una institución que formaba y todavía forma a la élite del funcionariado europeo y que era la organizadora de aquel evento, habló poco antes que ella y señaló la necesidad de avanzar hacia “los Estados Unidos de Europa”.
La tensión entre esa visión del futuro del continente y la visión de Thatcher era obvia para cualquiera. “No nos hemos embarcado en la empresa de hacer retroceder las fronteras del Estado en casa, sólo para ver cómo un superestado europeo se prepara para ejercer un nuevo dominio desde Bruselas”, aseguró Thatcher en Brujas.
La visión opuesta que tenían Delors y Thatcher sobre lo que representaba realmente el mal. Para el francés era el individualismo, la falta de comunidad. Esa era la “raíz del mal” de la que hablaba en su correspondencia, y sabía que su proyecto europeo había alimentado ese individualismo. Sus esfuerzos se centraban en intentar crear un contrapeso. Para Thatcher la raíz del mal era precisamente ese socialismo que ahora el francés al que ella había apoyado poco antes estaba intentando impulsar a nivel europeo.
La Caída del muro
Con la caída del muro la reunificación de Alemania era inevitable a ojos de Bonn, y aunque la primera ministra veía con una enorme desconfianza la idea, lo cierto es que Khol ya había dejado claro en un discurso en Oxford en 1984 que su Gobierno jamás renunciaría a la reunificación.
El canciller alemán explicó que esa reunificación solamente se podía producir en el contexto de “una unión política de Europa, sin ‘si’ ni ‘pero’”. Delors siguió empujando su visión de Europa, de la moneda común y de la Unión política en ese contexto. La reunificación alemana hizo que no hubiera marcha atrás al euro y puso en la rampa de despegue el Tratado de Maastricht, que se acordaría en 1991 (y se firmaría en febrero de 1992), un texto que no ilusionaba especialmente a Delors, que consideraba que se había quedado corto, pero que dio forma a la Unión Europea de hoy. La reunificación alemana requería que esos poderes quedaran dispersos en algo más grande, menos controlado por Berlín.
Antes de Maastricht llegaría el último y final encontronazo entre Thatcher y Delors. En octubre de 1990 los líderes europeos se reúnen en el Consejo Europeo celebrado en Roma. Allí se discute precisamente el camino hacia Maastricht, se habla de la unión política y monetaria. Delors defiende su visión del futuro, y Thatcher, de vuelta en Londres, ante la Cámara de los Comunes, hace otro de los discursos que pasarían a la historia y que se convertirían también en uno de los credos de los euroescépticos durante décadas: “El presidente de la Comisión, el señor Delors, dijo el otro día en una conferencia de prensa que quería que el Parlamento Europeo fuera el órgano democrático de la Comunidad, que la Comisión fuera el Ejecutivo y que el Consejo fuera el Senado. No. No. No”. Aquella fue la señal que hizo que Geoffrey Howe, al que el discurso de Brujas molestó y que ahora era primer ministro adjunto, dimitiera, dando inicio a la disputa por el liderazgo del Partido Conservador que acabaría con la dimisión de Thatcher, poniendo fin a la era de la “Dama de Hierro”, pero dejando sólidas bases euroescépticas dentro de los Tories.
Más allá de las consecuencias domésticas para Thatcher de su política europea y nacional, lo cierto es que la caída del muro había tenido lecturas completamente distintas en Londres y en otras capitales europeas. Como escribe Teasdale, “la repentina desaparición de la amenaza comunista del Este hizo que Thatcher no viera la necesidad de intensificar la integración europea, ya fuera a través de la unión monetaria o política, mientras que muchos de sus colegas dirigentes llegaron a la conclusión contraria. Consideraban que estas medidas eran necesarias, si no imperativas, para evitar el riesgo de desintegración y de retroceso hacia un nacionalismo divisivo”.
Thatcher pudo perder el pulso puntual con Delors, pero ese pensamiento original dejó poso.
Cuando fue elegido presidente en 1985 Delors tenía pocos poderes. Pero fue respetado porque entendió que primero había que encontrar soluciones prácticas que desbloquearan después progresos políticos. Supo ejecutar a la perfección la teoría de los neofuncionalistas. Y fue, siempre, un hombre lleno de ideas. Charles Grant, su biógrafo, cuenta que le explicaron que parte del trabajo de Pascal Lamy, su jefe de gabinete en la Comisión, era decirle al presidente cuál de las veinte ideas que había tenido podía funcionar.
En los progresos que Delors logró para la Unión Europea jugó un papel fundamental saber leer a los líderes y mover fichas para impulsar su visión del proyecto. Eran ellos los que tenían el poder real, y la visión del francés requería que renunciaran a ella, algo que, obviamente, no era sencillo.
Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea. (Reuters)
Esa misma falta de interés por el poder, y su biógrafo Grant cree que también un cierto complejo de inferioridad por falta de formación, jugaron un papel importante en que Delors, que en 1994 estaba a punto de abandonar la presidencia de la Comisión, tomara otra decisión que marcaría su vida: rechazar presentarse a las presidenciales francesas por el Partido Socialista frente a Jacques Chirac, unos comicios en las que muchos consideraban que podría ganar sin demasiados problemas.
Delors fue un gigante europeo, un padre fundador de la Unión que relanzó el proyecto y que supo entender las necesidades, las motivaciones y los intereses de los líderes europeos para sacarlos de la “euroesclerosis” y empujarlos hacia una era de reformas y de integración. La Europa de hoy es la de Delors. Pero su pulso con Thatcher está, todavía hoy, muy vivo, representando dos fuerzas que siguen en el corazón de Europa: la visión de una Unión cada vez más estrecha choca con una Unión que ahora es más intergubernamental, en la que los líderes tienen bien amarradas las riendas de la UE y en la que resurge, poco a poco, una visión conservadora de Europa que enlaza con aquella visión que Thatcher y sus asesores intentaron reflejar en Brujas, no necesariamente euroescéptica, pero sí decididamente anti federal.

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