EL DESIERTO Y LA FRONTERA: LA HERIDA QUE DIVIDE AL MAGREB

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El desierto y la frontera: la herida
que divide al Magreb

El artículo analiza la reciente votación del Consejo de Seguridad sobre el Sáhara y propone una lectura poco habitual en el entorno español: aborda las raíces históricas del conflicto —desde la colonización y las resistencias populares hasta la rivalidad entre Marruecos y Argelia durante la Guerra Fría—, para concluir que sin un enfoque regional basado en la transición democrática y la cooperación, cualquier solución seguirá siendo incompleta.

 

Por Aziz Allaouzi

 

El 31 de octubre de 2025, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
aprobó por amplia mayoría la renovación anual de su resolución sobre el
Sáhara, en una sesión que, como cada año, volvió a mostrar el cansancio
diplomático que rodea este prolongado conflicto. La escena fue previsible:
discursos contenidos, abstenciones tácticas y un texto que repite las mismas
fórmulas desde hace décadas.

Más allá del lenguaje de consenso, la votación reflejó un hecho incómodo: el
Magreb sigue siendo una región detenida en el tiempo, incapaz de cerrar
las heridas coloniales que marcaron su nacimiento como conjunto de Estados
modernos.

El Sáhara, convertido desde hace medio siglo en el epicentro simbólico de esa
parálisis, es más que un territorio en disputa: es el espejo de un proyecto
inacabado de independencia y cooperación regional.

Cada resolución internacional repite el llamamiento a una “solución política,
realista y duradera”, pero en el fondo lo que se renueva es la constatación de
un fracaso colectivo: el de no haber logrado una verdadera emancipación
postcolonial. Las independencias de Marruecos, Argelia, Túnez o Mauritania
fueron, en muchos sentidos, independencias incompletas: lograron expulsar
al colonizador europeo, pero no superaron la lógica de fragmentación que este
impuso ni construyeron instituciones capaces de reconciliar la diversidad
interna del Magreb.

El Sáhara se convirtió en la arena donde convergen todas esas fracturas: la
colonial, la política y la moral. No es únicamente una disputa sobre soberanía,
sino una contienda por el relato histórico y por el derecho de cada Estado a
definir su propia legitimidad frente al otro.

Por eso, más que un conflicto aislado, el Sáhara es el síntoma más visible de
un Magreb inconcluso, un espacio que continúa prisionero de sus fronteras
heredadas y de discursos que se alimentan de la sospecha mutua. Mientras
otras regiones del mundo avanzan hacia formas de integración, justicia o
cooperación transnacional, el norte de África se mantiene dividido entre
memorias contradictorias y miedos compartidos.

El voto en Naciones Unidas, por tanto, no debería verse como un trámite
burocrático más, sino como un recordatorio de que la independencia política
no trajo consigo la emancipación histórica. El Magreb nació dividido y sigue
dividido; su fragmentación no ha sido una anomalía, sino una constante.

 

Y el Sáhara, más que un desierto que separa, es el reflejo de una frontera
que impide a los pueblos del Magreb reconocerse entre sí y avanzar hacia
un futuro común.

 

1. El legado colonial y la Conferencia de Berlín

(1884–1885): el reparto de África y la vulnerabilidad del sultanato marroquí.

            Conferencia de Berlín

Entre los años 1884 y 1885, las potencias europeas se reunieron en Berlín bajo la iniciativa del canciller Otto von Bismarck para acordar el reparto territorial de África. La Conferencia de Berlín no fue una simple negociación de fronteras: representó el momento fundacional de un nuevo orden mundial en el que Europa se arrogó el derecho de administrar el planeta. En menos de tres meses, catorce países —entre ellos Francia, Reino Unido, España, Portugal, Alemania, Bélgica e Italia— trazaron líneas sobre un mapa que ignoraba por completo los pueblos, las lenguas y las estructuras políticas existentes. Marruecos, aunque no figuraba directamente en la agenda del reparto, fue una de las principales víctimas indirectas de esa conferencia, pues su situación geográfica —frontera natural entre Europa y África, entre el Atlántico y el Mediterráneo— la convirtió en un territorio codiciado por varias potencias al mismo tiempo. Francia aspiraba a extender su dominio sobre el Magreb desde Argelia hacia el oeste, España buscaba mantener sus enclaves en el norte y establecer presencia en el sur atlántico, mientras Reino Unido observaba con atención el control de las rutas comerciales hacia el Atlántico y el estrecho de Gibraltar.

Camel caravan in the desert under the stars

En aquel momento, el sultanato marroquí vivía una profunda crisis interna. La administración estaba debilitada, el poder central apenas alcanzaba algunas regiones del país, y las tribus gozaban de una autonomía de hecho que dificultaba cualquier intento de modernización del ejército o de la hacienda pública. Marruecos seguía siendo formalmente un Estado soberano, pero sin capacidad militar ni diplomática para resistir la expansión de sus vecinos
coloniales.

El desastre de Isly en 1844, donde el ejército marroquí fue derrotado por las tropas francesas del general Thomas-Robert Bugeaud, marcó un punto de inflexión. El sultán Abd al-Rahman ibn Hisham había intentado defender a su manera a los combatientes argelinos encabezados por el emir Abdelkader, que resistían la ocupación francesa de Argelia. Pero la desproporción de fuerzas era abrumadora: Marruecos luchaba con un ejército tradicional, sin artillería moderna ni organización logística comparable a la europea. La derrota de Isly demostró a Francia que el sultanato carecía de medios para oponerse a una invasión, y desde entonces París empezó a concebir su control sobre Marruecos como una extensión natural de su dominio argelino.

Guerra de Africa

El tratado de Tánger, firmado ese mismo año, obligó a Marruecos a reconocer la soberanía francesa sobre Argelia, inaugurando un siglo de presiones diplomáticas y concesiones forzadas. Desde ese momento, Marruecos quedó atrapado entre dos frentes: la vigilancia francesa en el este y la ambición
española en el norte y el sur.

Durante la Conferencia de Berlín, España aprovechó la coyuntura para
reivindicar la franja atlántica entre Cabo Bojador y el paralelo 27º40’,
denominándola “Sáhara español”. Esa denominación, ajena a la historia local,
sería adoptada más tarde en los documentos oficiales europeos y pasaría a la
memoria colectiva como si fuera una identidad propia. En realidad, se trataba
de una invención cartográfica europea, nacida de una decisión diplomática
en la que ningún representante africano participó.

El reparto de África selló el destino del Magreb: los Estados que sobrevivieron
al proceso lo hicieron bajo formas de protectorado o tutela colonial, y
Marruecos fue uno de los últimos en resistirse a esa dinámica. Pero la
resistencia no pudo compensar el aislamiento. El país quedó bajo la doble
mirada de Francia y España, que en 1912 firmarían el Tratado de Fez,
imponiendo el protectorado y consumando lo que Berlín había iniciado décadas
antes: la desaparición de la soberanía real marroquí.

Guerra de Africa

El Magreb moderno nació de ese acto de desposesión. En el caso marroquí, la
ocupación no solo reconfiguró el territorio, sino también la memoria política del
país. Los mapas que definieron el norte de África no respondían a las
dinámicas históricas ni a los vínculos sociales de sus pueblos, sino a criterios
de poder y conveniencia europea. Esa fractura artificial entre Marruecos y su
prolongación meridional —las regiones de Sakia al-Hamra y Oued Eddahab—
fue precisamente la semilla del conflicto posterior que aún divide a la región.
El Sáhara, tal y como aparece en los archivos coloniales europeos, no era una
entidad separada ni un Estado emergente; era una continuidad geográfica,
lingüística y cultural con el resto del territorio marroquí. Pero la lógica del
reparto colonial impuso otra mirada: la del fragmento, la del vacío
administrativo que las potencias creían tener derecho a ocupar. Esa visión
occidental de un “desierto sin historia” se convertiría, con el tiempo, en el
argumento central de quienes niegan la pertenencia histórica del Sáhara al
marco magrebí.

Este cuadro fue adquirido por el Ayuntamiento de Sevilla, (España), en 1872, y conmemora el Tratado de Wad-Ras, que fue suscrito por España y Marruecos el día 23 de marzo de 1860.

El Congreso de Berlín, por tanto, no solo trazó las fronteras de África: trazó
también los límites del futuro. Convirtió a Marruecos en un laboratorio del
equilibrio colonial, una pieza estratégica en la partida global de las potencias
europeas, y dejó sembradas las contradicciones que todavía hoy dificultan la
construcción de una soberanía regional plena.

 

2. El Rif, Abdelkarim El Khattabi y el relato

Amputado de la independencia marroquí a comienzos del siglo XX, Marruecos se encontraba desgarrado entre la ocupación extranjera y las resistencias locales. Entre 1907 y 1934, el país vivió casi tres décadas de guerras sucesivas contra las potencias coloniales francesa y española. En ese contexto emergió la figura de Abdelkarim El Khattabi, uno de los líderes más lúcidos y adelantados de su tiempo, cuya experiencia en la región del Rif marcó profundamente la historia
contemporánea del Magreb.

El Khattabi, jurista y exfuncionario de la administración española en Melilla,
comprendió muy pronto que el colonialismo no era una simple presencia militar,
sino un sistema de dominación global que solo podía enfrentarse mediante una
estrategia política moderna y un proyecto emancipador integral. En 1921, tras
la batalla de Annual, en la que las tropas españolas sufrieron una de las
derrotas más severas de su historia, proclamó la República del Rif, un
experimento de autogobierno que duró hasta 1926 y que inspiró a movimientos
anticoloniales de Asia, África y América Latina.

 

Abdelkarim El Khattabi junto a una imagen del Ché

Su proyecto no era tribal ni localista: pretendía construir un Estado basado en
la justicia, la educación y la redistribución de la tierra. Durante cinco años, el Rif
se convirtió en el único territorio libre del norte de África, administrado por sus
propios habitantes bajo una estructura institucional embrionaria. Su revolución,
al igual que la de otros resistentes en el Atlas y el Sáhara, como Hammou
Zayani y numerosos jefes locales cuyas gestas fueron silenciadas, se alzó
contra las disposiciones que institucionalizaron el sistema del protectorado, percibidas por amplios sectores de la población como una traición a la soberanía colectiva. Aquellas rebeliones compartían una misma convicción: que Marruecos no podía ser dividido en zonas de influencia extranjeras y que su destino no debía depender de decisiones impuestas desde despachos lejanos. En el Rif, en el Atlas o en el desierto, las resistencias se articularon con un fuerte sentido de dignidad frente a la lógica colonial y sus acuerdos de subordinación.

La resistencia encabezada por Abdelkarim El Khattabi fue pionera en el norte
de África, tanto por su organización política como por su visión estratégica. En
ese momento, el ejército francés —ya firmemente instalado en Argelia—
utilizaba en sus filas a decenas de miles de soldados argelinos, reclutados
por la fuerza o mediante promesas de ascenso social, para combatir en el Rif.
Era una paradoja cruel: hombres del Magreb enviados por una potencia
colonial para sofocar el primer intento de liberación magrebí. Décadas más
tarde, esta realidad se transformaría en un argumento recurrente en los
discursos oficiales argelinos, donde la independencia del país se presenta
como fruto del sacrificio de los “un millón y medio de mártires” de la revolución.
Esa cifra, más simbólica que histórica, se convirtió en el lema fundacional del
Estado argelino y en el eje de una identidad nacional basada en la idea de
que Argelia fue la heroína de la liberación africana. Con el tiempo, ese relato
se proyectó también hacia sus vecinos, alimentando la percepción de que las
independencias obtenidas por vías diplomáticas, como la de Marruecos o
Túnez, carecían del mismo valor heroico.

 

La expresión tuvo su origen en una declaración retórica del presidente
egipcio Gamal Abdel Nasser, quien, en un gesto de admiración y estrategia
política, buscaba fortalecer sus alianzas con los líderes argelinos para
consolidar su proyecto de panarabismo y liderazgo regional. Aquella frase,
concebida como un elogio político, fue adoptada como verdad histórica y
transformada en un pilar de la mitología nacional argelina.

Sin embargo, la audacia rifeña fue percibida como una amenaza no solo por
España, sino también por Francia, que temía la expansión del ejemplo de
Abdelkarim a sus dominios en Argelia. En 1925, ambos países —rivales en
Europa pero aliados en la preservación del orden colonial— unieron sus
fuerzas para aplastar la república. El resultado fue una de las campañas más
brutales del colonialismo europeo: bombardeos indiscriminados con armas
químicas sobre poblaciones civiles, empleando gas mostaza y fosgeno
fabricados en fábricas alemanas y lanzados desde aviones franceses y
españoles.

Aquel crimen de guerra, que dejó miles de víctimas y secuelas

transgeneracionales, fue silenciado durante décadas. Ni Francia ni España
asumieron jamás responsabilidad alguna, y el Estado marroquí, tras la
independencia, optó por el olvido. En lugar de integrar la epopeya rifeña en el
relato nacional, prefirió minimizarla, temiendo que su recuerdo alimentara
identidades periféricas o cuestionara la narrativa oficial de la independencia
lograda mediante la negociación y la diplomacia.

El resultado fue una fractura en la memoria histórica: Marruecos se presentó
como una nación que había recuperado su soberanía por la vía de los
acuerdos con París y Madrid, mientras omitía las insurrecciones populares y la
dimensión republicana de la lucha anticolonial. Esta elección narrativa tuvo
consecuencias profundas. Por un lado, impidió a las nuevas generaciones
conocer el alcance real de la resistencia amazigh al colonialismo. Por otro,
abrió un vacío simbólico que sería aprovechado más tarde por Argelia para
construir su propia legitimidad revolucionaria.

Tras su independencia en 1962, Argelia necesitaba un mito fundacional que
unificara a su población diversa y justificara el poder del Ejército de Liberación
Nacional. La revolución argelina, con su dimensión militar y sacrificada, fue
presentada como la única independencia “auténtica” del norte de África, en
contraste con las “independencias pactadas” de Marruecos y Túnez. En esa
narrativa, el heroísmo de Abdelkarim El Khattabi y la gesta del Rif quedaron
relegados al margen de la historia magrebí. Argelia supo llenar ese vacío,
apropiándose del discurso de la resistencia total y situándose como la heredera
natural del anticolonialismo más puro.

Mientras tanto, Abdelkarim vivía exiliado en Egipto, donde continuó
defendiendo la idea de una unidad magrebí basada en la autodeterminación
de los pueblos y en la justicia social. Desde El Cairo, en los años cincuenta,
insistía en que la independencia de cada país del Magreb debía ser solo un
primer paso hacia una federación regional capaz de garantizar soberanía
económica y dignidad política. Pero su voz fue ignorada tanto por las nuevas
élites nacionalistas como por las potencias extranjeras que se apresuraban a
consolidar su influencia en la zona.

La historia terminó por darle la razón. El Magreb, lejos de unirse, heredó la
fragmentación colonial y la reprodujo en forma de rivalidades nacionales. Las
fronteras que habían sido trazadas en Europa se convirtieron en muros de
desconfianza. Marruecos, en lugar de reivindicar plenamente a sus héroes insurgentes, los confinó al silencio. Argelia, en lugar de abrir su revolución al
conjunto del Magreb, la convirtió en instrumento de legitimación interna. Así se
configuró una doble paradoja: el país que había librado la guerra más heroica
contra el colonialismo terminó promoviendo divisiones regionales, y el que
había sufrido los bombardeos más atroces terminó negando parte de su propia
historia de resistencia.

 

El eco de la experiencia rifeña trascendió las fronteras del Magreb. Figuras
como Ho Chi Minh y Ernesto “Che” Guevara vieron en Abdelkarim El
Khattabi el ejemplo de que un pueblo colonizado podía organizar su propia
defensa y derrotar a un ejército europeo con disciplina y estrategia. Ho Chi
Minh estudió su caso en los años veinte mientras residía en París, y Guevara,
cuatro décadas más tarde, buscó conocerlo durante su visita a El Cairo. Ambos
reconocieron en el líder rifeño a un precursor de las luchas de liberación del
siglo XX. Su legado no solo pertenece a Marruecos: forma parte de la historia
universal del anticolonialismo moderno, aunque su nombre haya sido
relegado a los márgenes de la memoria oficial.

La memoria amputada de Abdelkarim El Khattabi es también la metáfora de un
Magreb que no se ha reconciliado consigo mismo. Entre los silencios de unos y
las apropiaciones de otros, la región perdió la oportunidad de construir un relato
común de liberación. Y en ese vacío, incubado durante décadas, germinaron
los discursos nacionalistas excluyentes que hoy siguen alimentando la disputa
del Sáhara.

 

3. Independencia y rivalidad: Marruecos, Argelia
y la guerra de las arenas (1963)

 

Amazing Milky Way over the sand dunes of Sahara Desert – Sahara, Morocco

 

Cuando Marruecos recuperó su independencia en 1956, el entusiasmo popular
coexistía con un clima de incertidumbre. El país salía de más de cuatro
décadas de protectorado dividido entre Francia y España, con un territorio
fracturado y una administración débil. Las nuevas autoridades tenían que
reconstruir la soberanía, integrar las regiones liberadas y negociar la salida
definitiva de las bases militares extranjeras. Pero lo más difícil estaba por venir:
el desafío de consolidar un Estado moderno en un entorno regional
convulso.

En Argelia, mientras tanto, la guerra de independencia continuaba. Marruecos
ofreció asilo, apoyo logístico y político a los combatientes del Frente de
Liberación Nacional (FLN). En ciudades como Oujda, Nador o Berkane, miles
de refugiados argelinos encontraron protección, y los líderes del movimiento
—entre ellos Ahmed Ben Bella y Houari Boumédiène— se beneficiaron de la
ayuda marroquí para reorganizar su estructura militar. El ejército francés
incluso bombardeó en varias ocasiones territorio marroquí, acusando a Rabat
de “colaborar con los insurgentes”.

Ese gesto de solidaridad, sin embargo, no tuvo reciprocidad cuando Argelia
logró su independencia en 1962. Apenas un año después, los dos países
—recién salidos del dominio colonial— se enfrentaron en la guerra de las arenas.

Fue un conflicto breve pero simbólicamente devastador, que selló el
destino de las relaciones magrebíes durante las décadas siguientes.
El origen del enfrentamiento se remonta a las fronteras heredadas de la
colonización francesa. París había trazado la línea limítrofe entre Argelia y
Marruecos sin considerar los acuerdos históricos anteriores ni la continuidad de
las tribus que habitaban ambos lados del desierto. Marruecos reclamaba las
regiones de Tinduf y Béchar, integradas administrativamente a Argelia por
Francia durante la ocupación, argumentando que pertenecían históricamente a
su territorio. Argelia, recién independizada, rechazó cualquier revisión de sus
fronteras, invocando el principio jurídico de la intangibilidad de las fronteras
coloniales establecido por la Organización de la Unidad Africana.

Pero más allá de la disputa territorial, la guerra fue sobre todo una batalla por
la legitimidad. Argelia, dirigida de facto por Boumédiène —entonces ministro
de Defensa y figura clave del ejército—, necesitaba consolidar su poder frente
a las tensiones internas que dividían al nuevo Estado. La región de Cabilia,
con su identidad amazigh y sus demandas democráticas, representaba un foco
de descontento. En ese contexto, el conflicto con Marruecos ofrecía una
oportunidad inmejorable para unificar al país en torno a una amenaza
externa.

Boumédiène comprendió que, en política, las guerras no siempre se libran para
vencer al enemigo, sino para construir un relato nacional. La guerra de las
arenas, que duró apenas unas semanas, fue presentada en Argelia como una
defensa heroica de la revolución frente a la “agresión monárquica marroquí”.
En realidad, los primeros ataques habían sido provocados por unidades
argelinas que avanzaron hacia puestos fronterizos marroquíes,
desencadenando una respuesta militar limitada. El conflicto concluyó con la
mediación de la Organización de la Unidad Africana y la firma de un alto el
fuego en Bamako, en 1964, pero las heridas políticas que dejó fueron mucho
más profundas que las militares.

                                     El Ché y a u izquierda Boumédiène

A partir de ese momento, Argelia transformó su política exterior en un
instrumento de autoafirmación revolucionaria. La retórica del “enemigo
exterior” se convirtió en una herramienta para desviar la atención de los
problemas internos: la ausencia de instituciones civiles sólidas, la represión de
la pluralidad cultural y el autoritarismo del poder militar. En ese marco,
Marruecos pasó a ocupar un lugar funcional dentro del discurso del régimen: un
vecino incómodo al que se podía culpar de todos los males, un espejo donde
proyectar los miedos y frustraciones de la propia Argelia.

Años más tarde, cuando Boumédiène consolidó su poder tras derrocar a Ben
Bella en 1965, pronunció una frase que definiría su política hacia Marruecos:
“Voy a poner una piedra en el zapato de los marroquíes para que nunca
avancen”.

Aquella frase, citada por antiguos dirigentes del Frente Polisario y confirmada
por testimonios recogidos en medios marroquíes y argelinos, sintetizaba una estrategia de largo plazo: mantener el conflicto del Sáhara vivo como
elemento de desgaste permanente. La creación y el sostenimiento del
Polisario fueron, en gran medida, la materialización de esa “piedra” simbólica.
Boumédiène no solo buscaba debilitar a Marruecos; buscaba también
desplazar el eje de la revolución magrebí hacia Argel. Quería que el
liderazgo del anticolonialismo africano y árabe residiera en Argelia, no en
Rabat. Para lograrlo, invirtió recursos económicos y diplomáticos en posicionar
a su país como referente del Tercer Mundo y aliado de los movimientos de
liberación. Pero esa política exterior expansiva tuvo un precio interno: la
congelación de las demandas democráticas, especialmente en regiones
como Cabilia, donde la represión cultural y política alcanzó niveles alarmantes.
Así, el conflicto con Marruecos sirvió como válvula de escape del
autoritarismo y como excusa para la militarización de la sociedad argelina.
Cada crisis fronteriza reforzaba la cohesión nacional artificialmente, mientras el
país se hundía en una economía dirigida y en una cultura política basada en la
sospecha.

 

                                               Un Magreb sin fronteras

El nacionalismo, en lugar de unir a los pueblos del Magreb, los convirtió en
rehenes de relatos mutuamente excluyentes. Marruecos y Argelia dejaron
de ser naciones vecinas con una historia compartida para convertirse en dos
proyectos políticos que se definían por su oposición recíproca.
Esa rivalidad, incubada en los primeros años de independencia, es el origen
directo del conflicto sahariano. Boumédiène encontró en el Sáhara el
escenario perfecto para prolongar su estrategia: exportar la confrontación y
mantener la tensión viva. En lugar de invertir en educación, salud o desarrollo,
las dos naciones comenzaron a invertir en armas, propaganda y
desconfianza. Y lo que empezó como una disputa fronteriza se transformó en
una herida ideológica que aún divide a todo el Magreb.

 

4. El nacimiento del Polisario y los errores
compartidos

 

El-Ouali Mustafa, fundador del Frente Polisario con Houari Boumédianè, presidente de Argelia.

La década de los setenta marcó una nueva etapa en la historia del Magreb.
Tras años de tensiones fronterizas, de alianzas efímeras y de proyectos
nacionales en competencia, la rivalidad entre Marruecos y Argelia encontró en
el Sáhara su escenario definitivo. Pero la semilla de ese conflicto no se plantó
en los desiertos del sur, sino en las aulas universitarias de Rabat, donde un
grupo de jóvenes saharauis comenzó a debatir su futuro ante la indiferencia de
los partidos políticos marroquíes.

En los primeros años de la independencia, miles de estudiantes procedentes
de Sakia al-Hamra y Oued Eddahab se integraron en las universidades
marroquíes. Eran jóvenes formados, muchos de ellos hijos de familias
nómadas que habían crecido entre el desierto y las ciudades del norte. En las
facultades de letras y derecho de Rabat y Fez, se organizaban en asociaciones

 

estudiantiles y mantenían un diálogo constante con las corrientes políticas del
país, desde el nacionalismo conservador hasta el movimiento marxista.
Entre ellos se encontraba Mustafá El Uali Sayed, figura clave en la gestación
del Frente Polisario. En 1970, junto a un pequeño grupo de compañeros, creó
el movimiento clandestino que años después se transformaría en una
organización político-militar. Sus primeros manifiestos no hablaban de
separación ni de independencia, sino de justicia social y emancipación de
los saharauis que vivían bajo la administración colonial española.
Estos jóvenes buscaron inicialmente apoyo y reconocimiento dentro de
Marruecos, presentándose ante varios partidos políticos con propuestas de
movilización y participación. Pero el contexto interno era desfavorable: el país
atravesaba años de represión, censura y desconfianza entre el poder central y
los movimientos juveniles. Las formaciones políticas, concentradas en sus
propias luchas con el Estado, no prestaron atención a las inquietudes de los
saharauis. La indiferencia y el desprecio con que fueron tratados crearon una
fractura emocional que tendría consecuencias irreversibles.

Fue precisamente en ese vacío donde Argelia y Libia encontraron terreno fértil
para intervenir.

El presidente Houari Boumédiène, deseoso de consolidar su influencia
regional, vio en aquellos jóvenes desencantados una oportunidad política: un
grupo capaz de servir como instrumento de presión permanente contra
Marruecos. En paralelo, Muamar el Gadafi, inspirado por el panarabismo de
Nasser y su propio sueño de hegemonía en el norte de África, ofreció
financiamiento, entrenamiento y armamento a los fundadores del movimiento.
El resultado fue la creación, en 1973, del Frente Popular para la Liberación
de Saguia el-Hamra y Río de Oro, conocido como Frente Polisario. Su
narrativa combinaba el lenguaje revolucionario de la época —liberación,
autodeterminación, lucha anticolonial— con una fuerte dependencia logística y
diplomática de Argelia. Desde sus inicios, el Polisario se definió más por las
alianzas geopolíticas que por una estrategia política propia.

Boumédiène no tardó en ofrecer territorio, recursos y protección
diplomática. En la región de Tinduf, en el suroeste argelino, el movimiento
estableció sus campamentos y su estructura de gobierno paralela. El apoyo
argelino no se limitó al asilo: implicó también la dirección estratégica del
conflicto, orientando al Polisario hacia la confrontación armada y alejándolo de
cualquier posibilidad de entendimiento con Marruecos.

El papel de Libia, por su parte, fue igualmente decisivo. Gadafi, en plena
efervescencia panarabista, soñaba con unificar el norte de África bajo su
liderazgo. El Polisario se convirtió para él en una causa simbólica que le
permitía proyectar su influencia y desafiar tanto a Marruecos como a las
potencias occidentales. Durante los primeros años de su existencia, la
organización se sostuvo gracias al financiamiento libio y a la logística
argelina, más que a una base popular autónoma.

                                     Mouamar El Gadaffi, Houari Boumédianè, El Assad

En ese contexto, Marruecos cometió su propio error: no entender el
componente humano y social del conflicto. Mientras el país concentraba
sus esfuerzos diplomáticos en recuperar el territorio del Sáhara por la vía de la
negociación con España, descuidó el diálogo con las comunidades saharauis.
La Marcha Verde de 1975 fue una demostración de unidad nacional y
determinación, pero llegó demasiado tarde para quienes, años antes, se habían
sentido ignorados.

Expulsión de los marroquíes de Argelia

La respuesta de Argelia no se limitó al plano militar o diplomático. En diciembre
de 1975, coincidiendo con la festividad de Eid al-Adha, el gobierno de
Boumédiène ordenó la expulsión masiva de decenas de miles de
marroquíes residentes en Argelia, muchos de ellos nacidos allí y casados
con argelinos. En una sola mañana, familias enteras fueron sacadas de sus
hogares, privadas de sus bienes y deportadas hacia la frontera sin aviso previo.
Fue un acto de venganza política y humillación colectiva, dirigido a
alimentar el resentimiento y a romper los lazos sociales que aún unían a ambos
pueblos.

 

                                         Expulsión de los marroquíes de Argelia

Ese episodio, apenas recordado hoy en los discursos oficiales, refleja la
dimensión humana del conflicto. No fueron los gobiernos quienes sufrieron
las consecuencias directas, sino las familias, los trabajadores y los migrantes
que habían construido su vida al otro lado de la frontera. Desde entonces, la
línea divisoria entre Argelia y Marruecos dejó de ser un simple límite geográfico
para convertirse en una herida moral.

                                     Expulsión de los marroquíes de Argelia

El nacimiento del Polisario, por tanto, no puede entenderse solo como un
proyecto ideológico ni como una creación externa. Fue también el resultado de
una cadena de negligencias, traiciones y desconfianzas. Los jóvenes que
en su día buscaron un espacio dentro del sistema marroquí fueron empujados
hacia los brazos de quienes supieron instrumentalizar su frustración. Y las
potencias regionales, en lugar de trabajar por la integración magrebí, eligieron
utilizar el conflicto como campo de maniobra política.

Desde entonces, el Magreb ha vivido atrapado en esa lógica: cada intento de
acercamiento entre Marruecos y Argelia termina rehen de la cuestión
sahariana, y cada generación repite el mismo debate con nuevas palabras.
Medio siglo después, el costo humano y moral de aquel desencuentro sigue
creciendo, mientras la promesa de una unidad regional se aleja como un
espejismo.

5. Nombre, símbolos y vacíos de proyecto
político

 

En toda disputa territorial hay un momento en que las palabras pesan tanto
como las armas. En el caso del Sáhara, la batalla semántica empezó antes
incluso de la salida del colonizador. La expresión “Sáhara Occidental”, hoy
naturalizada en los documentos internacionales y en los medios de
comunicación, no tiene raíz histórica en la geografía ni en la tradición cultural
del Magreb. Es, en realidad, una denominación colonial introducida por la administración española a finales del siglo XIX, cuando, tras la Conferencia de
Berlín, necesitó justificar su presencia en la franja atlántica entre Cabo Bojador
y el paralelo 27º40’.

El término surgió en los mapas europeos, no en las rutas de las tribus ni en los
registros de los eruditos magrebíes. Para los habitantes de la región, aquellas
tierras eran conocidas como Sakia al-Hamra y Oued Eddahab, nombres que
evocaban realidades naturales y vínculos históricos con el resto del territorio
marroquí. “Sáhara Occidental” fue, desde su origen, una construcción
cartográfica, un nombre funcional para el reparto colonial de África, del mismo
modo que “África Occidental Francesa” o “África Ecuatorial” designaban
conjuntos administrativos sin identidad política propia.

Cuando España se retiró en 1975, ese nombre permaneció como un vestigio
de su dominio, y fue precisamente esa herencia nominal la que el Frente
Polisario adoptó sin cuestionar, haciendo de ella la base simbólica de su
proyecto político. Así nació la llamada República Árabe Saharaui
Democrática (RASD), un nombre que combina tres términos ajenos a la
historia local: “República”, “Árabe” y “Democrática”. Ninguno de ellos
corresponde a la tradición política ni a la diversidad cultural del territorio.
La palabra “República” fue importada del lenguaje revolucionario de los años
sesenta, más como emulación de los movimientos de liberación africanos que
como resultado de una evolución institucional propia. El adjetivo “Árabe”, por su
parte, respondió a la influencia del panarabismo de Nasser, Boumédiène y
Gadafi, que veían en el Polisario una extensión de su lucha ideológica contra
las monarquías del Magreb. Sin embargo, esa definición excluyente ignoró
deliberadamente la realidad amazigh de la región, imponiendo una identidad
unidimensional que borraba siglos de mestizaje cultural.

Incluso el componente “Democrática”, más aspiracional que real, fue una
concesión retórica a la época de la Guerra Fría, cuando cada movimiento
insurgente debía presentarse como representante legítimo del pueblo frente a
los “regímenes reaccionarios”. El resultado fue un conjunto de palabras sin
arraigo, un Estado proclamado sobre la gramática del siglo XX europeo y
árabe, pero sin una raíz profunda en su propio suelo.

Esta apropiación nominal no fue un simple detalle semántico: reflejaba un
vacío de proyecto político propio. El Polisario, en lugar de elaborar una
narrativa autóctona, optó por adoptar el lenguaje y los símbolos del momento.
La bandera que hoy representa a la RASD es un ejemplo claro de ello. Su
diseño —tricolor con triángulo rojo y estrella y media luna— es una réplica
casi exacta de la bandera palestina, a su vez derivada de la de la revuelta
árabe de 1916. La imitación no fue casual. En un contexto internacional en el
que la causa palestina simbolizaba la lucha antiimperialista, el Polisario
buscaba legitimidad mediante la asociación emocional y visual con un conflicto
que gozaba de simpatía global.

Sin embargo, esa mimesis simbólica revelaba más carencia que identidad. En
lugar de un emblema que expresara la especificidad sahariana, se eligió un icono que pertenecía a otra geografía, a otra historia y a otra lengua política.
Como si la autenticidad pudiera construirse por contagio. El mismo gesto se
observa en el uso de consignas y estructuras institucionales que reproducen
modelos importados, desde la retórica de los “comités populares” libios hasta el
aparato burocrático soviético.

Este vacío creativo no es menor: muestra hasta qué punto el conflicto del
Sáhara ha estado más ligado a las estrategias regionales de poder que a la voz
real de sus poblaciones. Mientras Marruecos formuló una propuesta de
autonomía que, aunque discutible, partía de su marco constitucional y de su
visión de unidad nacional, el Polisario persistió en una dependencia narrativa
de sus patrocinadores. Boumédiène veía en él un instrumento para debilitar a
su vecino y consolidar el liderazgo argelino en el Tercer Mundo; Gadafi lo
usaba como extensión de su utopía panarabista.

El resultado fue una paradoja: un movimiento que se presentaba como
defensor de la autodeterminación, pero cuya identidad simbólica era
heterónoma, prestada de otros.

La bandera, el nombre, los himnos, los uniformes, incluso la liturgia política,
responden a una estética importada. La lucha por la independencia del Sáhara
fue en realidad colonizada por los lenguajes de otros, y ese proceso de
apropiación simbólica terminó debilitando su legitimidad interna.

Mientras tanto, en los archivos coloniales y en las crónicas magrebíes, sigue
latente una evidencia que pocos se atreven a mencionar: las rutas
caravaneras, los tratados de bay‘a y los vínculos religiosos que unían a las
tribus del sur con las ciudades de Marrakech, Taroudant y Fez eran mucho más
antiguos y sólidos que las fronteras inventadas por los europeos.
Negar esa continuidad histórica y cultural en nombre de una ficción política
reciente es prolongar el colonialismo bajo otros nombres.

El “Sáhara Occidental” no es solo un concepto geográfico heredado; es la
prueba del poder que conserva el lenguaje colonial para modelar las
conciencias. Cuando un movimiento político adopta el vocabulario del
colonizador, termina repitiendo sus categorías, incluso cuando dice
combatirlas. El desafío real para los pueblos del Magreb no es solo redefinir las
fronteras, sino reconstruir su propio lenguaje político. Mientras sigan
llamando a su tierra con nombres ajenos y ondeando banderas que no les
pertenecen, seguirán atrapados en una historia escrita por otros.

6. El coste social y humano del conflicto

Pocas regiones del mundo pagan un precio tan alto por un conflicto tan
prolongado. Medio siglo después de la retirada de España, el Sáhara sigue
siendo una herida abierta que sangra sobre las fronteras de Marruecos y
Argelia. Pero más allá de los discursos diplomáticos y de las resoluciones
internacionales, lo que realmente ha quedado sepultado bajo la retórica
nacionalista son las vidas humanas y las oportunidades perdidas.

El costo económico del conflicto es difícil de calcular, pero su huella es visible
en cada presupuesto nacional. Marruecos y Argelia dedican entre el 4 % y el 6
% de su PIB al gasto militar, una cifra que los sitúa entre los países más
armados de África. Según el Stockholm International Peace Research
Institute (SIPRI), Argelia ha llegado a destinar más de 9.000 millones de
dólares anuales a defensa, mientras Marruecos ronda los 5.000 millones. Si
esas sumas se hubieran invertido en educación, salud o infraestructuras, el
Magreb podría haber erradicado el analfabetismo y transformado su economía
productiva.

En lugar de ello, el desierto se ha llenado de bases, radares y minas, pero no
de escuelas ni de hospitales.

Las consecuencias humanas de esta política de confrontación se sienten en el
cuerpo de miles de familias. Desde 1994, la frontera terrestre entre
Marruecos y Argelia permanece cerrada, un muro invisible que separa
comunidades que durante siglos compartieron lengua, cultura y afectos. En
ciudades como Oujda o Tlemcen, las familias mixtas siguen divididas por una
línea trazada en la arena, incapaces de cruzar para asistir a un funeral o
celebrar una boda. Los mercados, que antaño eran espacios de intercambio, se
han convertido en lugares de nostalgia. La frontera, que en otro tiempo fue una
arteria de vida, se ha transformado en una cicatriz de aislamiento.
Ese cierre tiene un coste económico y simbólico devastador. Estudios de la
Comisión Económica para África de Naciones Unidas estiman que el
bloqueo comercial entre Marruecos y Argelia reduce en más del 2 % anual
el crecimiento conjunto del Magreb, una pérdida que equivale a miles de
millones de dólares y a millones de empleos potenciales. Los pueblos del norte
de África han sido condenados a competir entre sí en lugar de
complementarse. La energía argelina y la industria marroquí, la agricultura
tunecina y el turismo mauritano podrían formar una de las regiones más
dinámicas del continente. Sin embargo, la desconfianza mutua mantiene un
Magreb fragmentado, pobre y dependiente de los mercados europeos.
El costo también se mide en términos humanos: miles de saharauis sobreviven
desde hace generaciones en los campamentos de Tinduf, en el suroeste
argelino. Viven en condiciones extremas, dependientes de la ayuda
humanitaria internacional, en un limbo jurídico que priva a sus hijos de
derechos básicos como la libertad de movimiento o el acceso a una ciudadanía
plena. Muchos de los jóvenes nacidos allí nunca han conocido el territorio que
dicen defender. La causa en cuyo nombre fueron educados se ha transformado
en una rutina administrativa de supervivencia, donde las consignas
revolucionarias conviven con la desesperanza cotidiana.

Del otro lado, en Marruecos, las provincias del sur han experimentado
importantes inversiones en infraestructuras y programas sociales, pero la
percepción de desarrollo no siempre coincide con el sentimiento de inclusión.
Las generaciones jóvenes de Dajla, Laayoune o Smara reclaman más
participación, más oportunidades y menos propaganda. El desafío, más allá de
la administración territorial, es garantizar una ciudadanía real, no solo
presencia del Estado.

La dimensión psicológica del conflicto es quizá la más profunda y menos
visible. Medio siglo de propaganda y hostilidad ha creado dos narrativas
paralelas que apenas dialogan. Cada país ha educado a sus generaciones en
una versión irreconciliable de la historia, donde el otro siempre aparece como
agresor o traidor. El resultado es una forma de ceguera colectiva: pueblos que
comparten lengua, religión y costumbres pero que se perciben como extraños.
El racismo y la sospecha se alimentan mutuamente, reproduciendo el mismo
modelo de frontera mental que el colonialismo había impuesto.

El costo moral de este conflicto no se mide solo en cifras, sino en lo que no se
ha construido: la universidad magrebí que nunca se fundó, el corredor
ferroviario que nunca se inauguró, las redes de investigación, cultura o energía
que jamás vieron la luz. Cada generación ha heredado no una patria más libre,
sino un archivo más grueso de resoluciones incumplidas y discursos repetidos.
El Magreb, en lugar de avanzar hacia una comunidad de destino compartido,
ha elegido la economía del bloqueo: más gasto en armas que en libros, más
inversión en fronteras que en hospitales, más silencio que diálogo.

Esta dinámica ha configurado una paradoja dolorosa. Marruecos y Argelia, los
dos países que deberían liderar la cooperación africana y mediterránea, viven
de espaldas el uno al otro, vigilándose como enemigos cuando podrían ser
aliados naturales. Las élites políticas han convertido el conflicto en una fuente
de legitimidad, mientras los pueblos soportan el precio de su estancamiento.
La energía que podría haberse invertido en desarrollo humano se consume
en discursos sobre soberanía y amenazas externas. Así, década tras década,
la palabra “Sáhara” ha dejado de evocar un territorio para convertirse en un
pretexto: una justificación de las carencias internas, una coartada para la
ausencia de democracia.

El conflicto sahariano no solo ha empobrecido a sus protagonistas, sino que ha
debilitado la imaginación política del Magreb. Ninguna nación puede
prosperar mirando al enemigo en lugar de mirarse a sí misma. Mientras se
mantenga la frontera cerrada y el lenguaje del miedo siga sustituyendo al de la
cooperación, el Magreb continuará prisionero de su pasado. Y cada votación en
Naciones Unidas será apenas la repetición de un mismo eco, resonando en un
desierto que no cesa de recordar todo lo que aún no hemos sido capaces de
construir.

7. Hacia una transición democrática magrebí
Foto: Rafa Pérez

El conflicto del Sáhara no se resolverá en los despachos de Nueva York ni en
los comunicados anuales de las cancillerías. Su solución pasa por un proceso
más profundo: la transformación política del propio Magreb. Ninguna fórmula
jurídica —autonomía, integración o independencia— podrá ofrecer estabilidad
mientras los pueblos sigan excluidos de la toma de decisiones y las
instituciones continúen funcionando como instrumentos del poder, no como
espacios de soberanía ciudadana.

La historia reciente muestra que el autoritarismo y el conflicto se
retroalimentan. Los regímenes cerrados necesitan enemigos externos para
justificar su cerrazón interna, y las crisis territoriales ofrecen siempre una
excusa perfecta para aplazar las reformas democráticas. Marruecos y Argelia,
cada uno a su modo, han utilizado el Sáhara como un espejo en el que
proyectar sus propias contradicciones. Lo que empezó siendo un debate sobre
fronteras terminó convirtiéndose en una forma de gestión del poder.
La transición democrática magrebí, entendida no como un acontecimiento
aislado sino como un proceso regional, es la única vía capaz de romper este
círculo. Democracia no solo como alternancia electoral, sino como cultura
política basada en la transparencia, el reconocimiento de la diversidad y el
respeto a la memoria. Sin una democratización real —económica, cultural y
territorial—, cualquier acuerdo sobre el Sáhara será frágil, porque se sostendrá
sobre cimientos autoritarios.

Marruecos ha avanzado en algunos aspectos: descentralización administrativa,
desarrollo de infraestructuras y reformas institucionales. Pero la estabilidad no
puede reducirse a la gestión del orden; requiere participación y rendición de
cuentas. El reconocimiento de las diferencias regionales, lingüísticas y
culturales no debilita al Estado, sino que lo enriquece y lo legitima. La
autonomía, para tener sentido, debe ser una práctica viva, no una concesión
desde arriba.

Un modelo de gobernanza democrática e inclusiva es la mejor garantía para
integrar las regiones del sur y reconciliar la diversidad del país con su unidad
histórica.

Argelia, por su parte, necesita liberar su historia de los monopolios del pasado.
El movimiento Hirak, que en 2019 sacó a millones de ciudadanos a las calles,
demostró que existe una demanda popular de transparencia, de justicia social y
de apertura política. Los argelinos no buscan nuevos enemigos, sino un Estado
que los escuche. El fin del enfrentamiento con Marruecos sería un paso
decisivo para reenfocar esa energía en la reconstrucción democrática interna.
Solo un Estado que no teme a sus propios ciudadanos puede permitirse confiar
en sus vecinos.

La democratización del Magreb no es un lujo moral ni una utopía idealista. Es
una condición de supervivencia. En un mundo interconectado, las fronteras
rígidas son anacronismos; la cooperación regional es la única estrategia viable
para enfrentar los retos del siglo XXI: la crisis climática, la migración, la
desigualdad y la pérdida de soberanía económica frente a los grandes bloques
globales. Ningún país magrebí puede enfrentarlos solo.

La historia del Magreb demuestra que las divisiones fueron impuestas desde
fuera y perpetuadas desde dentro. Los pueblos, sin embargo, nunca dejaron de
encontrarse: en los zocos, en las universidades, en las rutas comerciales, en
las luchas compartidas por la dignidad. Ese hilo de continuidad cultural y
humana sigue vivo, aunque debilitado por décadas de propaganda.
La tarea pendiente no es volver al pasado, sino reimaginar la región desde la
libertad y la cooperación, transformando la frontera en un puente.

El Sáhara, lejos de ser una causa sin salida, podría convertirse en el punto de
partida de una nueva etapa. Si se entiende no como un botín geopolítico sino
como un espacio de encuentro y cohabitación, puede marcar el inicio de una
reconciliación más profunda entre Marruecos y Argelia. Un acuerdo político
basado en el respeto mutuo y en la participación democrática daría a la región
la oportunidad de convertir una herida en un proyecto compartido.

La verdadera soberanía no se mide por la extensión del territorio, sino por la
capacidad de los pueblos para decidir sobre su destino. Un Magreb
democrático, capaz de reconocer sus errores y aprender de ellos, sería el
mejor homenaje a todos los que lucharon contra el colonialismo y soñaron con
una independencia que todavía no se ha completado.

Cada paso hacia la apertura, cada espacio ganado para el diálogo, cada gesto
de confianza entre vecinos es un avance hacia la emancipación que
Abdelkarim El Khattabi vislumbró desde su exilio: un Magreb libre de tutelas,
solidario, diverso y unido por la justicia.

No hay otra vía que esa: una transición democrática que sustituya la
desconfianza por la cooperación y convierta el pasado en fundamento de futuro.

 

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